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Un texto que considero ingenioso, vinculado al fútbol.

Y es verdad, esos días han llegado y esa polémica sigue.

Un detalle: el Ríver con acento…

 
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Published in: on agosto 7, 2013 at 1:06 pm  Dejar un comentario  
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Hermanos de barro

El grupo de niños termina de jugar un partido en el potrero del barrio. Es un barrio pobre, con calles de tierra con las veredas que deben adivinarse sobre todo en las semanas como esta, en que ha llovido tanto.

Donde está el pequeño potrero antaño hubo una cancha grande que ha cedido su lugar las casas que han ido convirtiendo la gran cancha de la zona en un pisadero donde apenas pueden jugar los adolescentes un partido de siete contra siete. Las construcciones son pobres como todo en esta escena. Pronto acabarán con la pequeña canchita, completando la manzana, perdiéndose así para siempre esta gloria pasada del barrio.

Los niños terminaron el partido convertidos en figuras irreconocibles, salvo para sus allegados más cercanos, porque todo ha tomado el color del barro. Los colores de la ropa apenas pueden adivinarse debajo de la patina de tierra más o menos líquida que se le ha pegado. Los calzados presentan una pesada sobre suela de varios centímetros de espesor, con algo un adobe donde pueden adivinarse restos de pasto (que la cancha un conservaba lejos de las áreas) y algún retazo de nylon que se adhirió en la refriega.

El partido ha terminado, ya lo dijimos y es entonces el momento en que el grupo esculturas articuladas de terracota comienza a dispersarse dejando para otro momento los comentarios posteriores, yendo pronto hacia las casas antes de que el barro se seque y requiera más agua y más fricción sobre la curtida piel infantil.

El grupo estalla en varias direcciones, pero nosotros nos vamos detrás de dos que toman el mismo rumbo. Van caminando uno cerca del otro. Llevan la pelota con la que se jugó el partido. Sabemos que es una pelota por el uso que le dan estos niños, porque ni el color ni la forma ni la cobertura de biomasa, responden a lo que se espera de ellas.

Estos dos niños parecen hermanos. Hay ciertos movimientos al caminar que así lo denota, ambos son zurdos, entre otras cosas. La calle, que absorbió mal las lluvias de la semana, tiene dos huellas grandes, de camiones que han pasado y que hoy se ve llena de agua. Uno de los niños, el más alto (si son hermanos es casi seguro que es el mayor) baja la pelota al piso con un gesto de cansancio, se sabe que la pelota embarrada pesa mucho más y el zurdo parece haberla sufrido demasiado durante el picado. La va pateando hacia adelante hasta que ve a su hermano mirándolo como esperando un pase. Baja a la calle (aunque dijimos que el límite ente calle y vereda apenas puede percibirse en estos días donde el barro cubre toda la barriada. Si quiere comunicarse futbolísticamente con su hermano deberá pasar la pelota, pesada y opaca más allá de las huellas llenas de agua que delinean la calle. Lo hace, el otro la recibe con dificultad. Es el menor de los dos, y ahora sabemos que son hermanos, porque se cruzan con una vecina que les dice que “su” madre los andaba buscando (y en ese barrio las señoras tutean a los niños).

El hermano menor con más dificultades que el otro devuelve la pelota que parece quedarse corta y por poco queda entrampada. El salpicón de barro genera un gesto de malestar en el mayor que pronto es motivo de risa pareada cuando se da cuenta que está embarrado de pies a cabeza y el barro del salpicón es apenas una serie de manchitas sobre el barro que se está secando sobre su piel y su ropa.

Estos dos adolescentes parecen comprenderse mejor ahora, porque puede verse claramente que la pelota traza trayectorias más claras, con parábolas que tienen estilo, se aprecian tiros con efecto e incluso en algunos casos alguno de los hermanos la domina sin dejarla tocar el piso para devolverla con elegancia al cómplice del camino.
Aunque parecían volver a su casa en un primer momento, doblan en una esquina tomando otro rumbo (esta calle también es fangosa y se parece a la anterior) pero hay un gesto de ansiedad, de salvajismo que sugiere que ahora parecen alejarse. Un señor le manda por su intermedio, saludos a su papá y les dice que pronto irá a devolverle unas herramientas. Los hermanos casi que lo ignoran porque el gesto entre ellos es ahora un tanto más desafiante. Uno de ellos tiró la pelota al barro que delimitaba los dos bandos y el otro debe acercarse peligrosamente al charco para sacar la pelota. Ayudándose con una rama peina la pelota acercándola y poniéndola al alcance de su mano. Luego la toma, la hace girar lo más rápidamente que puede y vuelve a su sitio en lo que ahora parece una contienda.

Es que ahora estos hombres se tiran la pelota con un gesto agresivo, si no supiéramos que son hermanos, diríamos que quieren hacerse daño. Ya no puede verse claramente quién es el más grande, el tiempo ha igualado bastante las cosas. A causa de esta intensidad creciente, uno de ellos tira un pelotazo que va a parar a lo de un vecino. Uno hace señas al otro para que vaya a pedirla al vecino. El lanzador no acredita su error y se lo adjudica a una falla del receptor y hace un gesto que representa el esfuerzo que el otro no hizo. Se demoran, tontamente en gente grande, adjudicándose errores, recordando otros pasados, incluso jugadas del partido con que comienza esta historia. Finalmente –probablemente escuchando la discusión hasta que se tornó cansadora- el vecino devuelve la pelota desde atrás de su cerca. No dijimos que la mayoría de las casas en este barrio tienen cercas de tejido de alambre con enredaderas descuidadas diluyendo la intimidad del dueño y del peatón. Con la pelota, el vecino mandó las condolencias y un saludo a la familia.

Avanzando en su camino, el paso de estos hermanos es sensiblemente más lento del que viéramos unos párrafos atrás. Cada vez más tiempo se toman estos viejos en patear la pelota. Aunque el barro de antes los acompaña pegado a la piel y la ropa, aprovechan los cambios que el paisaje les ofrece. Toman un rumbo asfaltado, y ahora sí por fin vemos veredas y cordones. Mejor, pensamos, es más seguro para ellos.

Pero estos viejos cabrones, son muy complicados. Sobre la calle, de dos cables que vienen de alguna columna, cuelga una lámpara que arroja una luz tan amarilla como tenue. Podemos ver la silueta de los dos viejos uno junto a otro, como haciendo equilibrio sobre la línea de brea de la calle. Y por los movimientos de las manos y los gestos de los cuerpos, parece que van discutiendo, mientras van pateando suavemente su pelota.

Published in: on junio 4, 2013 at 11:03 am  Dejar un comentario  

Dirigentes secuestradores

Published in: on diciembre 28, 2010 at 11:37 am  Comments (1)  

Redes de Alambre

Nunca me imaginé que en esa época todavía eran de alambre las redes…

por cosas como esta se ve que las cambiaron…

Fascistas?

Es la seleccion rosarina de futbol, año 1932

Published in: on diciembre 24, 2010 at 12:59 am  Comments (2)  
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